3/9/08

San Severia con la vista nublada

Se me hace que escribir mucho acerca de esta experiencia sería innecesario. Me dan ganas de ponerlo más en imágenes porque el escenario y la situación dan para un recuento visual exquisito. Solo queda decir que, desde mi punto de vista, ésta fue la tocada más bizarra de todas. Imaginémonos que Cumbayá fuera una zona industrial y que luego de tanto andar (y de casi hacer colapsar al GPS para dar con la dirección), llegamos a la esquina más desolada del reservorio donde se levanta un restaurante medio onda circo medio onda taberna del oeste gringo medio look feria de atracciones de un pueblo refundido de Arkansas. San Severia es su nombre, queda en Beerse, un minúsculo pueblito de la Bélgica flamenca. Es el restaurante donde Zjef, nuestro booking agent belga, trabaja como mesero durante el verano, así que no se le ocurrió mejor idea que montar un concierto ahí mismo. Ningún problema con eso. Lo extraño fue descubrir detalles sobre el acto. Por ejemplo, diría que el 80 por ciento de los clientes sobrepasaban los 50 años de edad y que al parecer suelen ir a ese lugar para procurarse una cena disipada, alejada de los ruidos y hasta de la joda de sus hijos (aunque sí hubo uno que otro infante correteando por ahí, tapándose los oídos cuando tocábamos y huyendo espantados por la macabra expresividad que le imprime La Carne al personaje que asume cuando se calza la máscara del Diablouma). Pero justo allá nos llevaron a tocar. Dije el 80 por ciento porque el 20 restante le otorgo a la mesa 10, famosa desde ese día y durante el resto de nuestra estadía en Bélgica, porque sus comensales resultaron volviéndose amigas, compartiéndonos las penurias más trágicas de sus vidas, compartiéndonos, a algunos, alguito más que eso y, más fructífero aún, incentivándonos a componer una canción basada en su psicótica manera de relacionarse con el mundo. Fue muy agradable conocerlas, nos regalaron una caja bien surtida de chocolates y nos llevaron a la feria de Turnhout para divertirnos en el Pulpo mecánico y en los carros chocones. Ahí descubrimos que las pseudomafias adolescentes de Turnhout basan su despreciable poderío en cuán malvados pueden mostrarse mientras conducen un carro chocón. Si lo haces con una sola mano, arrecho, pero si lo haces con una sola mano, y en la otra, que lleva un dedo entablillado, cargas una cerveza en lata y, para chocar a otro coche te montas sobre tu asiento y le metes presión al golpe haciendo fuerza con el cuerpo entero, como aplicándole una punteada agresiva al de adelante, ya te pasas de bacán.
Por cierto, parece que el tema inspirado por las amigas de la mesa 10 se llamará La loca de Turnhout.


(Esto es lo que hay. La entrada al fascinante mundo del San Severia Resto-bar)


(El barco -a la dercha-, fue construido por el dueño del restaurante, quien vive en el barco)



(El interior del restaurante con su alegórico estilo feria de distracciones)



(Keanu Rivas en los controles, y atrás, un kioskito de hamburguesas a la parrilla)


(El camping montado juntando las partes traseras de los dos autos, para matar el tiempo mientras llegaba la hora del toque)





(El niño espantado, tapándose los oídos)



(El panorama del concierto)


(El Coqueto, conquistando territorio en la mesa 10)



(The Shadow, ya con el terreno conquistado. Lástima que luego a las chicas de la mesa 10 su cara les recordara a la de un kosovar vinculado al tráfico de armas. Tan bien que le estaba yendo. Pero al final Andrei, el de las perillas, llevó la mejor parte)

2/9/08

Two thumbs up por el concierto (La dormida estuvo como el utrecht)

Esta historia es bien simpática. Resulta que Alegría, nombre bastante conservador y de plano inexacto para su verdadero espíritu, pues es de esas personas cuyo ánimo de vida, si se lo pudiera medir en bpm (como a una canción y, asumiendo que el espíritu del promedio de una persona común y corriente lleva la marca de 65 bpm, tal vez como una bosanova o un bolerito) irá por ahí entre los 140 y los 150, como un corte de doom metal o una pieza de trans sicodélico. Es así, la amiga es un solo embale, 24/7, los más jóvenes de la banda resolvieron compararla con el Jhonny Depp más maldito de todos, el de Fear and Loathing in Las Vegas. A veces uno ya no sabía cómo manejarle el ritmo.

(Alegría, living la vida cuerda)

Bueno, decía que Alegría, quien mejor debería llamarse Alferecía, Vehemencia, Ardor o ya de una Speed, o tal vez Speedy, para que suene delicado y glamour, es una de las miles de personas que desde hace años recibe la Sopita Semanal, ese boletín informativo, incitador y alegórico que, aunque sin firma, se sabe que lleva la impronta dicharachera de nuestro compañero, el Cadáver Moncagatta. Ella, seducida por la retórica fina del bajista, entró en contacto con él vía email y se ofreció, siempre generosamente, a ayudarnos en la organización de un concierto en Utrecht, Holanda, donde ella reside, por si alguuuuuuna vez la banda llegaba a vacilarse esas tierras bajas del occidente. La relación empezó a solidificarse tanto, en términos de amistad, valga la aclaración, que incluso cuando Alegría estuvo de vacaciones en Quito, allá por el año 2005, y coincidió que el Cadáver andaba tras las rejas de la retención de tránsito de la Cordero (las razones del porqué no son de interés público), ella fue a visitarlo y por primera vez ahí se vieron las caras (lo que pensó el uno del otro tampoco lo es).
En fin, así surgió ese contacto y llegó el día en que la Rocola anduvo por Europa y en su agenda incluyó un toque en el Bar ACU, de Utrecht, un espacio gestionado con el trabajo voluntario de algunos punks vegetarianos que un día se tomaron una casa del centro de la ciudad, la okuparon a su manera, habitaron los pisos superiores y en el primero instalaron un bar libertino y gozador, con comida vegetariana y bebidas sin hielo a precios accesibles para todo el público, y con un cuarto instalado específicamente para conciertos y fiestas de esas pendencieras, con humo y luces negras.


El espacio estaba ahí, Alegría había hecho las gestiones para conseguir el backline, la cena de la noche del concierto y la estadía (estadía -en esos términos- cuyos detalles nadie los sabía hasta que tuvo que experimentarlos).
Llegamos a Utrecht a eso de las seis de la tarde, nos pareció la primera ciudad europea, de las que habíamos visitado, realmente distinta, con una atmósfera arquitectónica de cuento romántico y con un estilo de vida distendido que se notaba a las anchas. Era, más que todo, el uso generalizado de la bicicleta lo que introducía en nuestra apreciación una idea diferente a lo vivido cotidianamente en nuestras urbes. El hecho de que las calles tengan dos carriles, uno en un solo sentido para los autos y otro para las bicicletas, respetadas y consideradas tanto como los autos y los peatones, marcaba una pauta difícil de relacionar con la realidad de Quito, donde el caos en el tránsito se ha convertido en el problema de mayor crecimiento en los últimos años, y donde apenas – aunque afortunadamente- hace unos dos, el uso de la bicicleta y la necesidad de obra pública para su adecuada circulación se ha insertado en la agenda de planificación municipal. A esto sumémosle las estampas en las que se aprecian a hombres y mujeres de toda edad y apariencia (no me meto con el tema de clases sociales porque en sociedades como esa el asunto se vuelve más difícil de dilucidar), mayoritariamente sobreponiéndose al metro setenta y cinco de estatura, conduciendo sus bicicletas con frescura, y definitivamente resolvamos decir que el panorama era por primera vez realmente distinto. Creo que nada de lo que habíamos visto en España, Francia, Bélgica y Alemania nos había provocado una sensación tal de distinción en la forma en que una sociedad circula, se maneja y se muestra ante los ojos de latinoamericanos como nosotros. Algunos volvimos a decir por décima vez “aquí sí viviría”.



Para la prueba de sonido tuvimos que armar absolutamente todo, incluso recuperar una batería que permanecía empolvándose en un altillo. En la gestión, un tom me cayó con el filo sobre la nuca y casi me la taja en dos. Por suerte he sido cabeza dura. Por suerte Alegría consiguió congas, mi martirio durante la gira en los conciertos pequeños, porque en los festivales no había que preocuparse por un backline incompleto.


Armamos, probamos sonido y nos instalamos a comer en medio de la pista, en una mesa que se armó con paneles que salieron de bajo el escenario. Comida vegetariana, vegan, para ser más exacto, nada de productos animales ni sus derivados, pura proteína, fibra y carbohidrato vegetal. Sabroso estuvo, solo hay que saber hacerlo y despojarse de prejuicios.


El concierto también estuvo sabroso, el local casi lleno salvo unos cuantos rincones pelados. El sitio fue copado por holandeses de corte punkero y ecuatorianos variaditos, confirmando aquello de que andamos en todos lados. Vino alguna gente desde Ámsterdam para vernos tocar y se regresaron a eso de las cinco de la mañana, luego del after party de rigor, justo cuando el metro empezaba a operar.


Lo de lo variadito de los paisanos fue realmente tal cual: un señor simpático de Riobamba, pintor, casado con una holandesa que se emocionó tanto con el toque que al final se puso a invitar cervezas al que era y al que no; otro compatriota latacungueño, músico bravo que se ha juntado con algunos latinos por allá y ahora anda tocando en bares “algo como una fusión latina”. También asomaron estudiantes de postgrado que dejaron por un rato la formalidad a un lado y se sacudieron con el chaca-chaca de nuestra guitarra. Ah, y una parejita de hermanas tumbaquenses, joyas, divas, que hablaban tan a la quiteña que cuando acaparaban la charla y hacían suya la tertulia, como que nos trasladaban al cumpleaños de la Pocha, en pleno Quito Tenis, donde la Maca y la Juli vacilaron la misma noche con el Juan Esteban, y el Carlos Andrés terminó mamadazo vomitando por el balcón del cuarto de los papás de la Cami. ¿Me cachas? ¡Full focazo!
Y bueno, luego de que la party y el after terminaron en el bar, con uno que otro incidente con una loca que se encargaba de la música (raro, hacían sonar la música desde videos que se descargaban ese rato de Youtube. Hay que ver que su conexión a internet lo permitía casi sin interrupciones), y ya con la conciencia entregada al despiche, alguien dijo por ahí que la fiesta continuaba en la casa de nosequién, y todos menos The Shadow, Paolo y William Isaías, que inteligentemente aprovecharon la invitación del amigo riobambeño para alojarse en su casa, nos fuimos siguiendo una turba embalentonada que en guango reunía como a 20: los holandeses punkis, el paisa latacungueño, nosotros que éramos siete, algunas nuevas amigas holandesas, Peter Pan, unas jóvenes quiteñas que asomaron repentinamente y las perlas tumbaquenses, tan capitalinas, las guaguas.
Caminado por la calle, caminando y tambaleando, llegamos a una casa que resultó ser okupa, otra, donde viven algunos de quienes forman parte del proyecto del bar ACU . Ahí, pasando por un patio que es ahí mismo baño, bodega y parqueadero de bicicletas, nos instalamos en una sala enorme llena de sofás y sillas destartaladas que alguna vez fueron recogidos de las esquinas donde los ricos del barrio amontonan la basura, pero que a otros sirven como lo que son, sofás y sillas gualingas.
El intermedio de ese after party forzado ya resulta borroso, por ahí recuerdo algunos cuerpos tendidos en el suelo y los sofás, una pareja tratando de buscar intimidad en medio del patio de entrada, papeles de enrolar tirados en el piso, las joyas tumbaquenses que no paraban de hablar y un reloj que marcaba las 5h30, hora para que quienes no vivían en Utrecht, se fueran a tomar el tren vía Ámsterdam. Y en eso que asoma, de la nada, Alegría y su embale a 200 por hora. Para mí verla fue como ver aparecer a un Ave Fénix luminoso que llegaba para mostrarnos el camino del bien, o sea, el del descanso, y dirigirnos hacia las camas que estarían reservadas para nuestro hospedaje, pero como más bien se enganchó con lo poco que quedaba de fiesta y no tomaba la iniciativa respecto al tema, yo, ya con el habla trabada y un hilito de dolor sobre el parietal derecho, le digo: Alegría, nos podrías llevar a donde vamos a dormir. Y ella me responde con la sonrisa siniestra de la despreocupación: estamos aquí mismo, si quieres, puedes agarrar este sofá, o ese, o ese…
Ante tal panorama me lancé sobre el que estaba más cerca, uno para dos personas, de modo que quedé con las piernas, de rodillas para abajo, por fuera del sillón y con la cabeza montada en el asientabrazos haciendo un contorsionista ángulo de 90 grados con mi cuello. Al menos Alegría tuvo la gentileza de alcanzarme una manta para cubrirme del frío en esa noche lluviosa. Digo al menos porque hubo quienes se quedaron sin nada, sin colchón y sin cobija. Sin pan ni pedazo. Keanu Rivas alcanzó otro sofá y también tuvo su manta. La Carne Seca se refugió en un sillón esquinero y amaneció doblado en dos, hecho cecina, se diría con propiedad. Pero los pobres guambras de la banda sí que la pasaron mal. Al pobre señor Pozo, tan pelucón él, le tocó amanecer sentado sobre una silla de plástico, como las PIKA de acá, y meter los brazos dentro de su camiseta por las mangas de ésta para masajearse la panza y procurarse algo de calor hasta quedar exhausto y por ende dormido. Pobrecito, solo de recordar la escena me da pena de él. En serio.
El Coqueto, por otro lado de la sala, tan tirado a MacGyver que es, encontró un par de cojines y, en vez de acostarse sobre ellos, ¡se cubrió con ellos para algo algo evitar el frío! Pobrecito también, la verdad que rememorar esas estampas me llena de tristeza. Yo que los quiero tanto.
Y así amanecimos. Por ahí nos fuimos levantando de a uno (bueno, hubo quien se levantó de a dos) y comentando la experiencia recientemente vivida. En un momento, ya con las carcajadas encima, estuvimos todos de pie y a punto de abandonar el squad, cuando caímos en cuenta de que nos faltaba uno, El pequeño poroto. Empezamos a invocarlo y en eso vemos que aparece de un rincón que nadie había advertido. Vivo vivo, había agarrado un mantel blanco de mesa, se había envuelto en él y se había acurrucado en un sofá individual. Por suerte no necesita demasiado espacio.
Cuando lo vimos aparecer envuelto en su mantel blanco, como levitando despacito, creímos que era Orco ataviado para su primera comunión.

1/9/08

Nuestras amigas, las plantas

Si el Coqueto Vélez, con su dominio del lenguaje corporativo y tecnócrata, se pronunciara a respecto de esto, diría con acierto que caímos en un “cuello de botella”. El primero de nuestro andar y el que por suerte sería el único.
De Bruselas debíamos atravesar, una vez más, toda Francia para llegar al sur, hasta un pueblo llamado Olargues, cuya ubicación y hasta su propio nombre los mismos franceses jamás habían escuchado pronunciar, pero nosotros, muy osados, habíamos conseguido una tocada por el festejo de sus fiestas. No nosotros tan directamente, sino un agente francés que trabaja con bandas latinas, entre ellas Karamelo Santo, Panteón Rococó y Desorden Público, quien por medio de un conocido nuestro, otro francés que vive en Quito, nos ubicó en dos conciertos en tierras gabachas. El problema, o cuello de botella, apareció apenas la víspera de este traslado. Recibimos un email de parte de Benoit, el agente francés, en el que hacía alusión a la asunción de parte de la organización del festival en el que participaríamos, de que nosotros llevaríamos nuestro propio backline (amplificadores, batería y percusión latina), aparte de bolsas de dormir para echarnos así nomás en un medio galpón para dormir como bien podamos. ¡Y no pues!, ese no fue el trato ni tampoco las condiciones que uno está dispuesto a aceptar. En primer lugar no viajamos con el equipo de backline, lo cual fue avisado previamente, y tampoco cargábamos bolsas de dormir para guarecernos donde bien nos pongan. No es que andemos extendiendo requerimientos de divos del pop, pero sí es comprensible que exijamos facilitaciones mínimas, entre ellas una cama, un baño limpio y las comidas de rigor mientras dura la estadía en cada lugar. Entonces empezó el lío. Si, como nos propuso Benoit para solucionar el caso, nosotros alquilábamos el backline pagando una cantidad considerable y teniendo que transportarlo de una ciudad a otra, y atravesábamos Francia gastando en gasolina para dos carros tragones y en los peajes más costosos de Europa, además de comida para el trayecto, el ingreso neto producto del pago por el concierto menos todos estos gastos casi casi se reducía a cero, de hecho, según los cálculos pesimistas, terminábamos a pérdida. Así que, luego de varias discusiones telefónicas con Benoit, tras haber soltado distintas ideas, de escuchar y aflojar respuestas y al fin gastarnos 40 euros en teléfono celular hablando solamente con él (cupo que pretendíamos mantener durante toda la gira utilizando el celular solo en casos extremadamente necesarios), la propuesta única y definitiva de nuestra parte fue: ustedes alquilan el backline, nos dan alojamiento en hotel, cena y desayuno para 10 personas, nos pagan lo acordado y nosotros viajamos 16 horas desde Bruselas asumiendo todos los gastos que esto implica. Y en eso quedamos.
Nos embarcamos, entonces, en otro cruce por Francia, por los parajes resecos y a veces pelados que la atraviesan, donde por tramos lo único que se mueve alrededor son las hélices de esos molinos gigantes, como guerreros implacables de la era digital, para producir la energía eólica que mantiene con corriente a buena parte del primer mundo rural. 
De las autopistas con límite 130 de velocidad y estaciones de servicio cada 20 kilómetros nos adentramos en lo más recóndito de lo que ya era parte del sur, asentamientos que no aparecían ni siquiera en el más detallado mapa de la serie Michelin, pero que se nos cruzaron en el camino por necesidad y fortuna. Inmensas y oportunas las dos en el momento más sutil del final de la tarde: estaba yo de asistente de copiloto (la jerarquía iba a así, desde el lugar del conductor en un asiento para tres personas: piloto – copiloto – asistente de copiloto), o sea, en la ventana derecha del Citroen Jumper, en un momento sosegado del trayecto, cuando la música ya no hacía efecto en nuestro ánimo y cada uno de nosotros andaba silencioso, tripeando el ayer y sus inmediatas consecuencias. Iba yo viendo por la ventana, en el tormentoso patín (pues soy bastante ignorante en tales dominios) de adivinar si lo que estaba sembrado en las plantaciones contiguas a la carretera eran lechugas, coles, acelgas o qué mismo. Y en eso, cuando estaba a punto de emitir un veredicto para mí mismo, cambia súbitamente la contextura de ese sembrío plano y la pantalla frente a mis ojos presenta una tupida aglomeración de plantas flacas, verdes y bastante crecidas. En eso, afino yo la vista y me fijo en sus reconocibles hojas, bellas y simétricas, aserradas y puntonas, medio en forma de estrella medio de abanico acuchillado, y en eso pienso:

- ¡Mierda, todo esto es marihuana! Sí, de ley que sí, ¿será? - Y lo saco de mi interior y lo comento con el copiloto, y él que me responde.
- ¿Será?
- Simón.
- A ver, paremos.
- Paremos.

Paramos el carro súbitamente sobre una curva al pie de la carretera, con la emoción y la incredulidad haciéndonos frotar los ojos con las manos apiñadas, y bajo yo a inspeccionar, corriendo. Los del auto pequeño, que siempre va atrás, paran de golpe también y asumen el repentino frenazo como una impostergable urgencia mía para desaguar. Pero al ver que llego y me adentro en la plantación, que hago el check in instantáneo de rigor y que emito un frenético ¡síiiiiiiiiiiiiii!, con la sonrisa más extendida que la de su majestad el Guasón, entienden que la cosa va por otro lado y deciden también bajar y meter mano a la planta.


Al tiempo, autos pasaban al lado, veían nuestro entusiasmo y los ocupantes carcajeaban con algún dejo medio burlón que solo después comprenderíamos, pero que ese rato parecía expresar la mofa del que reprueba con desprecio el que del bufete se lleve uno la comida envuelta en una servilleta y hasta en los bolsillos. En arca abierta el justo peca. “Ve esos roscas cómo acaparan”, parecían decir. Pero nada nos importaba. Y por supuesto que nos la llevamos en los bolsillos. Ni pendejos.


(Feuges es el nombre de la singular localidad, por si acaso)

El camino aún es largo. Es el 10 de agosto y la noche ha llegado, decidimos hacer una parada en Auxerres, a poco del destino de esa noche, una ciudad llamada Nevers, donde dormiríamos una vez más en un Fórmula 1, para al siguiente día retomar la ruta y llegar a Olargues.

En Auxerres quisimos tratarnos bien y nos instalamos en un restaurante con terraza frente al puerto de esa ciudad preciosa.


Nos fuimos de manjares, pedimos platos distintos, boeuf borguignon, jamón caramelizado y steak tártaro, vino blanco y postres típicos. Fue un gran momento, lástima que The Shadow no lo compartió, prefirió ir a ejercer eso que él llama turismo extremo.



Al día siguiente llegamos, luego de tanto andar, a Olargues, ese pueblo desconocido, inmerso en medio de las montañas bajitas del sur, un pueblo medieval, de calles desniveladas y casas derruidas, donde cuando no hay nadie, como a mediados de agosto luego de sus festividades, seguramente el silencio entre sus muros provocará ese sentimiento punzante de la infinita soledad.
Festivaloche se llamaba el evento, tocábamos penúltimos, antes de La Varda (no, no es el nombre de un restaurante), una banda conocida en la zona y que gira bastante por Francia, así que teníamos el compromiso de calentar el ánimo de la gente que andaba enfriándose con la garúa que cayó justo antes de que empezáramos. Las condiciones técnicas estaban bastante cómodas, el punto álgido apareció cuando tuvimos que aceptar alquilar un par de congas que parecían de juguete y ceder a la ambición del aprovechado que nos cobró 150 euros por el chiste. Pero era eso o yo no tocaba, y no iba a aceptar quedarme de espectador luego de semejante travesía.


Nos llegó el turno y a pesar del cansancio que hacía presión en la parte baja de la frente, la matamos, de nuevo. El público se enganchó de a poco y el desenlace fue un desmadre que hacía fuerzas para continuar, pero nosotros ya habíamos cumplido y el resto ya sería asunto de la banda siguiente. Que también mató, ¡vaya sonido y compactación!, se notaba que llevaban años en esto y que ya tienen al público de su lado. Pero lo nuestro fue apoteósico por aquello de la primera vez, por el desconocimiento total de nuestra música y la eventual falta de conexión por los distintos idiomas, y aún así lo logramos. Y bastante bien. Hizo fuerza la llovizna que se mantuvo durante un tiempo. Con las luces del escenario y el vapor de la máquina de humo, la proyección de la vista sobre el público se vuelve casi apocalíptica: agua cayendo en chispitas, humo blanco, luces de colores que explotan y cientos de almas bailando violentamente en círculos. Se siente bien provocar algo de destrucción momentánea.




The Shadow se lució tanto sobre el escenario que al final una dama de al menos 55 años se le acercó y le dijo en francés que estaba “emperrada” con él y que se lo quería llevar, pero él huyó espantado y se refugió en una batucada hippie que ejecutaban unos cuantos miembros de esa comunidad a la que en francés llaman bo-bo, bourgeaois-bohéme: burgués–bohemio; hippie-pelucón. Ahí se guareció con una chica linda que por unos minutos le hizo pensar que sí se puede. Mientras tanto, el resto de nosotros nos acercábamos cada vez más al consumo de un barril de cerveza per capita solo esa noche. Son las licencias del verano.

30/8/08

Activistas en Bruselas


De los pueblos pequeños de frontera viajamos a la capital belga. En Bruselas nos esperaba un concierto organizado con más ganas y entusiasmo que con recursos de producción. Un par de estudiantes latinos, uno ecuatoriano y otro venezolano, al enterarse de nuestra gira nos ofrecieron organizar una tocada en la ciudad donde residen, y hacerlo a través de la organización político-cultural que ellos crearon, la Mediateca del Sur. Así fue. Ellos acordaron con el Centro Cultural García Lorca, un recintod e activismo y gestión fundado en las épocas de la Guerra Civil Española por los padres de quienes ahora lo tienen a cargo. En él los inmigrantes de todos los continentes encuentran espacio para desarrollar sus actividades de identificación cultural sin que importen la lengua ni las costumbres. Los españoles y los belgas a cargo del sitio lo asumen como un núcleo de actividad diversa, progresista y libre, así que ahí pasa de todo y hay espacio para lo distinto: ensayos de danza, proyección de documentales, fiestas con cerveza y conciertos chimbos. No había grandes condiciones técnicas, apenas una consola pequeña para hacer sonar lo indispensable de la instrumentación, y un escenario donde holgadamente caben cuatro personas, pero ahí nos metimos nueve.
El evento iniciaba con la proyección del documental 'Historias de papel', que relata la historia de un grupo de ecuatorianos quienes, a través de la ocupación simbólica de una la iglesia en Bruselas, reivindican su derecho a un documento de identidad y a una digna aceptación como inmigrantes y trabajadores. El asunto conjugaba una idea de rechazo a la Directiva Retorno propuesta por la Unión Europea, y como no hay nada mejor que ponerle sazón bailable a lo sencillo y a lo complejo, ahí estuvimos nosotros para vacilar con ese público tan diverso y tan efusivo.


No faltaron lso ecuatorianos jóvenes y maduros, los que armaron el pogo y los que se quedaron sentados mirando desde atrás. Hubo africanos, franceses, españoles, belgas, evidentemente, y de nuevo nuestro amigo Nacho, el ex Mortero, que de nuevo fue a saludarnos porque en Amberes ya habíamos quedado de panas. Tan alhaja él, otra vez nos trajo un regalito.
Hubo prensa belga que grabó el concierto en audio para difundirlo en un programa cultural de la Radio Nacional y de nuevo hubo buena venta de nuestro material de promoción. La táctica ya estaba aprendida. Los compañeros de los vientos, que son la primera línea en presencia y en show, apenas terminado el concierto despliegan las bolsas llenas de camisetas y discos y les saltan al cuello a los más entusiastas del público, especialmente a las chicas, con las que no ha fallado la estrategia del “toma el disco, míralo, tócalo, siéntelo, y si te convence y te da ganas, me lo compras, si no, me lo devuelves”, y vaya que ha funcionado, todas vuelven con billete en mano y hasta se han dado casos de quienes envuelven en los 10 euros un papelito con la respectiva dirección de email y dos que tres provocaciones en flamenco. Las traducciones se han hecho a conveniencia. Para bien y para mal.
Como dije, la gestión de la organización fue hecha en total camaradería. Los mismos amigos de la Mediateca se encargaron de preparar la comida para nosotros, un sabroso estofado de carne de ternera, tipo goulash, cuya base para la salsa es uan cerveza negra belga, de las pesadas y viscosas. Sabrosas.
El hospedaje fue igual, todos repartidos en casas distintas, algunos con camas particulares, otros con colchón al piso para cada uno y otros con colchón al piso compartido. Plaza y media, dos plazas máximo, el asunto estaba en saber hasta dónde extender las piernas y en girar el cuerpo con tino para no darse de frente con la espalda peluda del compañero. Por suerte El pollo es un tipo decente y duerme profundamente.
Primer desconcierto respecto al diseño y distribución de la vivienda promedio en la Bélgica de los jóvenes estudiantes: casas de hasta seis pisos que comparten un baño y una cocina por piso, mismo que se compone de cuatro habitaciones, cada una con su puerta de entrada independiente pero interconectadas entre ellas por otras puertas, de manera que tanto se puede entrar a la habitación de uno por la puerta que le corresponde como por la que le conecta con el cuarto del vecino o por el baño que ya era de todos desde hacía ratón. Mientras uno está en el baño, que no tiene aldaba ni seguro, y que para dar señas de ocupación debe mantener el foco encendido, el vecino de piso, que puede ser un completo desconocido, puede abrir la puerta que conecta su cuarto con el contiguo para pasar hacia la cocina, donde está el lavabo que corresponde al piso entero –porque el lavabo no está dentro del cuarto de baño- y donde se rejuntan los ananayes de belleza de las chicas con los implementos de limpieza de los caballeros. Y al lado un sartén revoltoso que cuece unos huevos fritos mientras el roomate se lava los dientes. Digámoslo, es bastante distinto a nuestra concepción de la distribución del espacio, al menos en términos ideales, donde cada segmento de la vivienda tiene su cuarto y donde no se concibe la comparticion del baño de uno con el vecino porque la intimidad de uno es la de uno. Pero eso es cultural, logístico y práctico. Simplemente es distinto. Y nosotros nos acomodamos bien, y al siguiente día gozamos de un exquisito desayuno con los amigos que nos ofrecieron sus casas, sus baños compartidos y su gestión cultural para nosotros poder compartir la nuestra. Gracias a ellos, a su entusiasmo y a su fuerza para mantener un espacio donde las distintas culturas puedan manifestarse con libertad.
Saludos a Felipe y a su novia que ahora andan con nuevas aventuras en El Salvador. Y al brother Luis, el ecuatoriano que nos contactó de entrada. Se te ve muy bien con el delantal vendiendo los mejores chocolates del mundo.


(Los amigos de la Mediateca del Sur, los responsables de nuestro concierto en Bruselas).

29/8/08

La Rocola en un micromundo antillano


Por fortuna el siguiente trayecto fue corto. A esas alturas los traslados largos ya empezaban a encorvar la espalda. De Antwerpen fuimos hacia Hoogstraten (pronunciada con un acento de alargamiento sobre las dos “o”, lo que le da al nombre una fonética dura, áspera, precisa para poner en riesgo nuestra falta de costumbre para aplicar distintos acentos a las vocales que nos parecen siempre iguales), un pueblito de granjas y jardines perfectos en el rincón de Bélgica que en cuestión de cuadras se convierte en Holanda. Era el primer festival de gran envergadura al que asistiríamos, el Antilliaanse Feesten, un encuentro de músicas del Caribe y las Antillas: salsa, cumbia, soca, bachata, vallenato, y lo nuestro, un champús posmoderno de todo y más.
El cartel incluía a los cubanos Manolito y su trabuco, ¡qué señora banda!; a Chichi Peralta, más bien turro el veterano; a los colombianos de Son de Cali y El binomio de oro, salsa y vallenato cortavenas, como para partirse el alma con el aguardiente que por esas tierras no se encuentra ni en la imaginación: la cerveza y los mojitos de 7 euros lo acaparan todo. El seco con yapa eran Wisin y Yandel, pero el dúo perreador canceló en la víspera y los colorados de Hoogstraten se quedaron con ganas de dembow.



Nuestra entrada al festival fue curiosa, al director le hicimos ver (porque miró el video dirigido por Sebastián Cordeo) el único tema que algo tiene de salsa, Condominio de Cartón, y le pareció suficiente para incluirnos en el programa. Suerte la nuestra, éramos lo más distinto a la corriente sabrosona que atrajo esa tarde a miles de europeos y latinos residentes en Bélgica y Holanda, mayoritariamente, pero lo hicimos bien, abrimos el festival en el escenario más pequeño de los tres, una carpa grande con mesas como de cafetería del Oeste vaquero a los lados, una pista de baile amplia al medio, y un Dj a las espaldas del escenario principal, que animaba los intermedios.
La primera impresión fue de eso, de impresión. A nosotros, que ya habíamos estado en el Rock al Parque, donde las cosas de la estructura parecen más grandes de lo que son, la producción de este festival nos pareció inmensa. Armada en una granja enorme con corrales para animalitos, el Antilliaanse incluía tres escenarios, uno grande, otro mediano y un pequeño, varias salas de baile con Dj de distintos géneros latinos, entre los que predominaban el reguetón, el dancehall y esa explosiva rumba antillana que es la soca, tan acelerada, vertiginosa y desconocida por acá. Había, además, un patio inmenso con puestos de comida del mundo entero, entre ellos uno de Ecuador, donde los paisanos, venidos desde Bruselas, que no se dedicaban al negocio de la comida, improvisaron con buen nivel un menú con fritada y llapingachos, tortillas con chorizo y arroz con pollo, el clásico con harto achiote (llevado desde Quito por un familiar de ellos), pero hervido en cacerola para paella, y pusieron a hacer filas largas hasta a los inspectores de sanidad que iban registrando los permisos de funcionamiento de los kioskos.


Por otro lado había bares con secciones exclusivas para la venta de cerveza y otras para el expendio de cócteles varios; una zona de juego para los infantes, y una de camping para los que se mandaron el fin de semana completo: 55 euros la entrada con derecho a camping, en realidad, un precio bastante cómodo para los que se acostumbran en festivales de calibre semejante.
Y bueno, más allá de la imponente estructura, como la del monumento a Cristóbal Colón, en Barcelona, que a The Shadow le provocó la intermitente -y como aplicada con delay- evocación de un ¡imponente¡, ¡imponente…e…e¡, la fiesta musical fue gigante. La nuestra, con algo de diferencia con respecto al resto de exponentes, por lo de las guitarras distorsionadas y los gusanitos de Pujilí que no provocan precisamente rumba sino algo de mosh entre los más jóvenes de la audiencia, y la del resto, por lo espectacular de las orquestas, la producción de la puesta en escena y la descarga de sabor en el baile. Había que ver a los europeos quebrando cadera, algunos con más swing que otros, pero todos con gusto, sin que importase la simetría en los pasos sino las ínfulas de fiesta eterna, que no lo fue tanto pero sí lo suficiente. A las 6 de la mañana terminó ese primer día de festival con algo de salsa colombiana. Algunos cadáveres de la noche yacían tendidos en la grama, y otros, a tientas alcanzaban a llegar a sus carpas. Nosotros, medio cadáveres medio zombis, agarramos nuestros tereques y nos fuimos hacia el hotel, al ladito nomás, en Berda, Holanda, con el gusto de la conquista en el paladar y sobre él el amargo de unos cuantos mojitos.




Nos esperaba el mejor hospedaje de la gira, cuatro estrellas de verdad, lástima que lo ocupáramos tan solo durante cuatro horas de descanso. A las 12 en punto, la dama de recepción nos invitó gentilmente a abandonar el hotel. Lagañosos, tuvimos que partir de nuevo. Por fortuna alguien llevó nos cuantos Finalín.

28/8/08

Zé pequeño y la ciudad de las tribus marcadas



El siguiente tramo incluía un nuevo cruce por Francia hasta llegar a Antwerpen (Amberes), en Bélgica, para dar el primero de los conciertos en el país que más veces nos tendría que escuchar. Llegamos, una vez más, apenas a tiempo para poner a rodar una prueba de sonido y poco después soltar el concierto. El lugar era el Bar Mondial, con la “o” en lugar de la “u” por las sutilezas de esa lengua flamenca que nos resultó tan extraña y a la vez gustosa por aquello de la primera fuerte impresión, como el haber entrado a la ciudad a través del barrio judío y ver a las huestes ortodoxas con sus trajes oscuros, sus sombreros de paño cubiertos con fundas de basura para que no los estropeara la garúa, montadas en una bicicleta de volante como cuernos de antílope, dejando ondear en el viento los rulos que se les prolongan desde las patillas.


(El exterior del Bar Mondial y al fondo la Catedral de Antwerpen con su reloj que retumba cada hora)
Luego, el siguiente encontrón expectante sería el que tendríamos con Zjef, el agente con el que tomamos contacto a través de myspace.com, y el que aceptó trabajar con nosotros consiguiéndonos tocadas después de haber oído el último disco y haber chequeado unos cuantos videos en youtube. El tipo se arriesgó, es un veterano de las arenas del espectáculo que andaba retirado del bussiness pero que empezaba a embarcarse de regreso y se le ocurrió hacerlo con nosotros, ubicándonos en seis conciertos entre festivales grandes y restaurantes para la tercera edad. Nosotros también nos arriesgamos porque no lo conocíamos y le confiamos una mini gira dentro de la completa, pero su oportuna y directa comunicación y la concisa descripción del panorama de la música en su país nos invitaba a querer juntar nuestros planes con su experiencia. Así que para eso fuimos a Amberes la tarde del 8 de agosto, para dar el primer concierto y conocer a Zjef (su nombre se pronuncia Jeff, pero nosotros le llamábamos Zé, y como hablaba portugués quedó de Zé pequeño). Él estaba ahí, afuera del bar Mundial, en pleno centro de la ciudad, esperándonos con una sonrisa de contento desesperado porque llegábamos con las justas. Tras los estrechones de manos de rigor montamos el escenario con una diligencia que a nosotros mismos nos sorprendió por su eficiencia.


Luego de la prueba de sonido y de las primeras cervezas belgas, apenas traspasamos una puerta ubicada en el baño de varones del lugar y nos encontramos en lo que sería el comedor de la casa que nos acogió. Junto a él, la ducha, y encima de todo, dos cuartos llenos de literas limpias para nuestra estancia.


La sabia y práctica acomodación de un dueño que ofrece todos los servicios de hospitalidad en su misma casa: la comida, la cama, la cerveza y la invitación para un pronto regreso si el espectáculo termina siendo de su agrado. Como pasó con nosotros. Porque el dueño y las pocas personas que acudieron a vernos se enfiestaron a la misma temperatura de una convocatoria masiva. Eso se nota desde arriba y te lo comentan quienes al final se acercan a comprarte un disco, una camiseta, a invitarte una cerveza o a tratar de perfilar un affair, como ocurrió con el Coqueto Vélez, el de la sonrisa reluciente y la mirada árabe, el que aplicó el primer quiebre romántico de la gira cuando esa noche, tras el concierto, conoció a la pelirroja Lynn y bajo la lluvia madruguera la besó en medio de la plaza del Big Market. Luna turbia, chubasco constante, las estatuas sudando de frío y el reloj de la catedral que anunciaba las 3. Ambos en el centro, con las calzadas reflejando ardor en su contorno, y él que da el primer paso y marca territorio.
Con el nightshot de la cámara con la que fue registrado el momento, la escena luce majestuosa. Véala en el DVD venidero.


(El público y, a la izquierda, Zé Pequeño con su compañera Cris, de ahí en adelante, la pareja que se ocuparía de nuestras presentaciones en Bélgica)


Entonces, nos fue muy bien. Juntamos entre la poca gente a skinheads antifascistas, a chicas góticas de Los Ángeles, a veteranos rockeros de la ciudad, a un brother ambateño, músico de distorsión, ex miembro del grupaso Mortero -Nacho se le dice con cariño y agradecimiento- y a un músico/showman/narrador de su ciudad, Gregor “Terror” se hace llamar, es miembro de la Antwerpen Gipsy Ska Orchestra y fue a vernos al Bar Mondial porque le interesan las expresiones culturales más variadas que, según él, solo se muestran en ese lugar, porque su ciudad –dice- es como una oficina modular dividida notoriamente entre las diferentes etnias que la ocupan, y los antros de la cultura son guetos a donde no tiene acceso nadie que no sea de la movida: hay lo hip hop, lo electrónico, lo gipsy ska, lo punk y lo punk fascista, y zapatero a tus zapatos, no te cruces de barrio ni te metas en el bar que no te corresponde porque ¡boom¡, el riesgo puede ser grande. Los movimientos xenófobos abundad y actúan con violencia y periodicidad: como que la diferencia es causa de molestia. Y Gregor sabe de la cosa, la contextualiza a manera de fenómeno urbano y la relaciona con un sistema político casi incomprensible, donde no se sabe cuál de los cinco gobiernos es el que se debería considerarse belga. Y tiene que ver con las distintas regiones de un mismo país, las diferentes lenguas que se hablan y algunas intenciones autonomistas que se impulsan. Eso nos lo contó con su inglés sabrosón, su gesticulación rapera y su sombrerito de Don Ramón. También nos felicitó y nos confesó que nuestra energía supera a la de su banda (y dijo que eso era difícil porque él y sus colegas eran considerados los bravos del género), y nos recomendó seguir trabajando con Sevj porque sabe que tiene buenos contactos e intenciones sinceras, así que confirmamos la apuesta por el ahora gran amigo belga que, al parecer, seguirá fichando conciertos para que esta banda chimba vuelva a armar maletas los años siguientes. Esperemos que así sea.


(El Palacio donde los distintos representantes de los gobiernos del país se juntan a cuadrar políticas, en la plaza del Big Market, ahí donde El Coqueto encendió motores por primera vez).

Pd: se recomienda visitar la zona roja de Antwerpen, estética y maldad a lo Ámsterdam, pero con la cierta benevolencia de una ciudad más pequeña y la familiaridad suficiente para que las guías del paseo sean dos chicas de 20 años.